¿Por qué en política no hay tarjetas rojas?
Tiempo llevo preguntándome por qué a la gente normal –la mayoría de los españoles-interesa poco o nada todo lo que tenga que ver con la política; tiempo ha que medito sobre la cada vez más abrumante abstención electoral, sobre el desencanto ciudadano, sobre la apatía, el aburrimiento, el total desinterés que rodea cualquier asunto o cuestión donde ande metida la política; y he ahí que el otro día, viendo el partido de fútbol de turno de cada fin de semana, comprendí por qué precisamente el fútbol y no la política es lo que mueve a las mayores pasiones, y arrastra, y engancha, y encumbra al “rey” Casillas o al “mago” Messi mientras Rajoy y Zapatero se mueven por unos bagajes de aceptación actual más pobre. Es sencillo: en política no hay tarjetas rojas. Se imaginan, todos los que aman el fútbol, entre los que yo me incluyo, que a este juego se jugara sin tarjetas rojas; imaginan que sólo existieran las amarillas y bastara con que el club pagara una multa porcada cartulina recibida: ¿qué sería entonces de los partidos, qué credibilidad tendrían los equipos cuando todo dependiera del dinero que se tuviera? Este símil, no obstante, parecerá un absurdo ante los ojos de cualquiera que sepa un poco de fútbol, y lo es porque desde que yo conozco este deporte existen las tarjetas rojas para sancionar a los que no cumplen las normas, porque un día, alguien que amaba mucho este deporte se encargó de fijar una reglas justas que estuvieran por encima del dinero o las influencias, y mantuvieran la esencia de este deporte, y el premio, y el castigo, en el genio, la destreza, el trabajo y el sacrificio de sus protagonistas.
En política, en democracia, en cambio, nada de esto ocurre: quizás porque el juego está viciado desde el principio. En política, en nuestra democracia, se puede jugar y jugar mil veces incumpliendo las normas, los programas electorales, las reglas de moralidad, se puede robar, calumniar, manipular o engañar sin más coste que un descenso en las encuestas: quizás porque en este juego sólo existen las tarjetas amarillas, quizás porque aquí ningún equipo con dinero baja nunca a segunda división. En nuestra democracia todo se arregla con un poco de demagogia, de tergiversación, de retórica, de echar balones fuera o atacar al rival; en nuestra democracia sí importa y mucho, la corporación, el lobby o la entente que te apoye.
Comprendiéndolo que digo se entiende mejor el desinterés general por este juego que es la democracia: aunque no lo sepamos, en el subconsciente de la mayoría de los ciudadanos normales funciona el modelo de las tarjetas amarillas y las rojas. Tal vez por eso, yo mismo, amante del fútbol y amante también mucho más de la democracia, nunca quise entrar en política pese a las tentativas que me llegaron de algunos partidos al uso, del mismo modo que de pequeño no me gustaba jugar al fútbol en el jardín de la casa de mi amigo Jorge, porque Jorge era rico y en su jardín siempre ganaba su equipo ya hicieras tú lo que hicieras. Pero he ahí que un día, no ha mucho, tropecé con un partido político que se hace llamar Ciudadanos en Blanco, un partido que dice ser el no-partido, que no quiere dinero alguno, que no ansia el poder ni aspira a gobernar en ningún sitio. ¿Qué partido es este se preguntarán la mayoría? Tal vez lo entiendan si les digo que son las tarjetas rojas de la democracia, un partido que lo único que pide en su programa es que se cambie la ley electoral para que el voto en blanco, ese voto de protesta, de desencanto, de desacuerdo que el ciudadano democrático mete en la urna sin papeleta alguna, sea computable en lugar de repartido entre los partidos más votados, esto es: que igual que al PP, al PSOE o a cualquier otro partido le corresponde un escaño por cada puñado de miles de votos que recibe, también los votos en blanco de los ciudadanos reciban tantos escaños vacíos como les correspondan, como forma de hacer visible el descontento de la ciudadanía.
Es sencillo: por amor a la democracia, por respeto y devoción a ella Ciudadanos en Blanco asume un papel que estaba vacante, el de ser las tarjetas rojas de este juego que tan importante para todos. Ahora, ya no importa que no hayan cambiado la ley electoral, desde Canarias y desde otros muchos lugares de España, Ciudadanos en Blanco dejarán vacíos los escaños que les correspondan; ahora ya, todos podemos aficionarnos con el mismo interés a la política como al fútbol, ahora ya donde nuestros políticos no convenzan tendrán un escaño vacío, donde lo hagan mal tendrán dos, donde mientan tendrán tres, donde roben tendrán cuatro, y así sucesivamente hasta acabar en el banquillo de los suplentes, en regional preferente o jugando a otro juego.
Utopía, pensarán algunos, o peor aún, anarquía: nada más lejos de la realidad. Ciudadanos en Blanco es un partido tan democrático que por paradójico que parezca es el único que no aspira a sacar nunca mayoría absoluta, ni lo desea, ni lo quiere: de ser así habríamos de suspender la liga ya nosotros lo que nos gusta es jugar.
¿POR QUE EN POLÍTICA NO HAY TARJETAS ROJAS? POR MIGUEL ANGEL CABRERA.
22 Enero 2008 por admin ·
3 comentarios
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Etiquetas: Nacional
3 respuestas hasta ahora ↓
1 Comentario en Pruebas // 23 Ene 2008 a las 1:24 am
Cuando Eduardo Mendoza, escribió su última columna en El País, apenas el año pasado, en su última linea, se vanaglorio de dos cosas. La primera era el no haber faltado ni un lunes a la cita con su columna. La segunda fue no haber utilizado ni una vez, el fútbol como metáfora de la vida. Posiblemente, en su despedida, usted pueda vanagloriarse de algo parecido al primer motivo de Mendoza. Del segundo…
2 Julián Juan Lacasa // 23 Ene 2008 a las 4:34 pm
Hay muchos/as políticos/as que habría que enseñar tarjeta roja, pero no diré nombres. Ni la mitad me cabrían aquí…
Un saludo.
3 M.A. Cabrera // 25 Ene 2008 a las 7:46 pm
Por alusiones, yo no soy Eduardo Mendoza y estoy muy lejos de serlo.
De todas maneras usar el futbol como metafora no es cosa de la que avergonzarse.
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