Ring, ring, ring; cuatro y a la de cinco la telefonista descuelga el auricular:
-¡Dígame! Aquí la central de la policía, en qué puedo ayudarle.
Sistemáticamente como una de esas máquinas, la señorita suelta su discurso. Al otro lado una voz sollozante, más bien una voz ahogada en llanto intenta hacerse paso entre la oleada de lágrimas salvajes que como un surtidor sin control humedece el cielo con su lengua de agua, las lágrimas humedecen el rostro del la mujer que intenta decir algo a la persona que como una máquina ha soltado su retahíla de palabras aprehendidas.
-¿Es la policía?- pregunta tímida y temerosa la voz.
-Sí, ya se lo he dicho- responde la telefonista algo indignada, o más bien cansada de oír siempre lo mismo, pero ahora, precisamente ahora va oír algo diferente; no es la común denuncia de robo, de pelea o de borrachos molestando a altas horas de la madrugada. Esta vez es algo fuera de lo normal, sobre todo para la telefonista que tan sólo lleva en ese puesto dos días.
-Quería poner una denuncia.
-Muy bien pues comience, no tengo todo el día para usted- responde alterada la joven.

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